Noches que me hicieron crecer.
Después de tener una conversación con una persona que me conoce a la perfección y que ha estado presente en mi vida por los últimos dos años y le ha tocado conocerme en las buenas muy buenas y en las malas muy malas, llegué a una conclusión.
Los pasados ocho meses fueron una prueba muy grande en mi vida. Digamos que estudio en una ciudad fuera de casa por lo que estoy (estaba) acostumbrada a siempre estar rodeada de amigos ya que son mi familia de este lugar. También soy una persona que le gusta sentirse querida y apapachada por lo que me gusta tener novio.
Sin embargo, empecé el semestre soltera, y la mayoría de mis mejores amigos se habían ido a otras partes del mundo. ¿Cómo iba a sobrevivir ante eso? No estaba segura. Tenía miedo a la soledad...
Pasaron los días y me di cuenta que la situación no era tan mala, después de todo contaba con tiempo para la escuela, al no tener compañeros conocidos (o tan conocidos) me di la maravillosa oportundidad de abrirme y conocer a personas que normalmente no hubiera conocido, me dediqué tiempo a mí, logré algunas metas y sueños personales y me sentía increíble. Pero obviamente no todo fue perfecto, también pasé noches llorando porque conocí de frente la soledad. Nunca en mis veintidós años de vida había experimentado ese sentimiento y espero no sentirlo jamás, aunque en ese momento decidí que tenía que dejar a la soledad llegar, instalarse por unas noches, conocerla, sentirla, vivirla, y después dejarla ir.
Si tuviera que describir la soledad sería como no poder dormir a las cuatro de la mañana y sentir que te falta aire para respirar, que te duele el corazón, que te falta algo pero no sabes qué es, tienes ganas de llorar pero no encuentras un motivo específico y a pesar de que sabes que en algún lugar del mundo existen personas increíbles que amas, en ese momento no están a tu lado. Y empiezas a pensar en todo y nada En lo que tienes y en lo que no. Revisas tu agenda telefónica un millón de veces y no encuentras a quién llamar, probablemente no quieres molestar, o quizás sabes que no debes hacerlo. Entonces no llamas a nadie y abrazas tu almohada. En algún momento te quedas dormido pero al despertar todo sigue igual...
Pero de repente algo te hace despertar (o al menos así me pasó) y me di cuenta que había sido suficiente. Había pasado varias noches así y estaba segura que no quería volver a eso. Y entonces, madrué, cambié, crecí o como se le llame a superar ese paso y entender que no estoy sola y la vida sigue.
Hice tanto por mi en ese tiempo, me di cuenta que una sonrisa puede convertir a un desconocido en un gran amigo, y que aquél joven de sombrero y comentarios inteligentes que siempre se esconde detrás de sus libros, podría llegar a ser alguien que terminaría por sumarse a la lista de personas que aprecio y admiro.
Fueron ocho meses para mí, para nadie más que para mí. Y extrañamente fui de todo menos egoísta. Y lo disfruté. No, no estoy diciendo que mi vida fue mejor sin mis amigos, estoy diciendo que a veces la vida te presenta lapsos de tiempo perfectos para encontrarte contigo mismo. Que es bueno cambiar, conocerte a ti y pasar tiempo a solas.
Hoy tengo a mis amigos de vuelta, y soy muy feliz. Pero si de algo estoy segura es que no quiero intentar ser la Ana que fui antes, quiero compartir con ellos lo que soy ahora, con todo y mi independencia. Sólo espero puedan entenderlo.
Porque la vida es así, te presenta momentos en los que estar solo por un tiempo te convierte en una persona digna de estar en compañía.

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