Noviembre
Juan tomó una de las velas y la prendió cuidadosamente. Observó bailar la llama por unos instantes, dejó a sus dedos sentir el calor, y la volvió a dejar en el altar cuando sintió la primera gota de cera quemarlos. Dio un paso atrás y observó lo colorido que era aquel altar. "¡Cómo me gusta México!" pensó.
Volvió a acomodar el retrato de sus padres que estaba en aquél séptimo piso. No estaba seguro si era verdad lo que él sabía acerca de esto, pero según una leyenda los siete pisos hacían referencia al número de destinos que, según la cultura azteca, existían para los diferentes tipos de muerte.
Muerte. La palabra muerte ese día parecía causarle hasta un poco de risa. Juan no era una persona que riera demasiado, sin embargo, ese día parecía todo causarle una cierta emoción que no sabía de dónde provenía. Si celebramos la muerte, ¿porqué habría de ser tan colorido y tan hermoso? Mexicanos. Al fin mexicanos.
Pasó la vista por el papel picado cortado tan delicadamente, sabía que ahora había sido producto de una máquina para aumentar la producción y venta, pero recordó aquellos días en que ayudaba a su madre a poner su altar, cuando ella misma realizaba los diseños en aquél papel de china. "Amarillo, morado, amarillo, morado. ¿Por qué son así?" recordó haberle preguntado a su madre. "Representan la dualidad entre la vida y la muerte" ó algo así le respondió. Tenía sentido, ahora que lo pensaba.
Nunca se había puesto a analizar tan detenidamente las calaveritas de azúcar. Eran lindas en verdad. Aquellos detalles de ese glaseado tan colorido, las brillantes lentejuelas haciéndole de ojos. Estaba perdido en los destellos del azúcar brillando a causa de la tenue luz de las velas.
Tomó la última vela y dijo el nombre de su madre y de su padre susurrando. "Espero que estén muy bien, los extraño, que Dios me los bendiga".
Colocó la vela de vuelta, se persignó y se perdió en cuatro ave maría.
Fotografía: Karla J. González.

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