Editorial.

by - junio 29, 2014

Los sueños existen porque todavía hay quien crea en ellos.


Bajo las escaleras corriendo, tengo una taza de café en una mano y el saco en la otra. Dejo la taza sobre la mesa del comedor y doy una mordida al pan tostado que está en un platito blanco sobre esta.
Acomodo el mundo de papeles que hay por todos lados, en la mesa, en los asientos de las sillas y en la barra de la cocina. Pasé toda la noche escribiendo y a esa hora de la madrugada me parecía muy sencillo acomodar los capítulos en diferentes partes de la casa. Ahora no me parece tan buena idea. 
Los coloco sobre un folder color marfil y salgo de prisa por la puerta principal, no sin antes ponerme lapiz labial sin necesidad de ver el espejo, y dar un beso a mi perro. 
 
Tomo el autobus que llega dos minutos después que yo y me dirijo al lugar que tantas historias guarda en sus paredes, en el aire e incluso en los botes de basura. Recuerdo que toda mi vida soñé con este momento, desde pequeña imaginaba que escribiría un libro y muchas personas lo leerían, sin embargo, siempre en mi imaginación terminaba por ayudar a mis lectores. Algunas veces mis libros trataban de viajes, y de esa manera "podía ayudar a los demás a conocer el mundo a través de mis letras". Pero en esta ocasión no era una crónica de viajes, sino mi primer novela. Llevaba más de dos años trabajando en ella y había cambiado noches de fiesta por madrugadas con mis personajes. No tenía ningún arrepentimiento. Algunas veces creía que mis personajes llegaban a ser más sinceros y solidarios conmigo que mis propios amigos de la vida real. Supongo que a cualquier escritor le pasa eso. 
Sin darme cuenta llego al quinto piso y se abren las puertas del elevador. Aquél lugar me parece más encantador que en las películas, el aire huele a historias, café y papel. Tres de mis olores favoritos.

Con paso firme comienzo a adentrarme a este nuevo mundo donde estarán por juzgar lo que hay en mi mente y mi manera de plasmarlo con tinta y papel. Dicen que una cosa es lo que se piensa y otra la que se escribe, pero en mi caso, siempre escribo tal como lo pienso. Y la edición trato de hacerla mínima, me gusta que me lean sin filtros, sin correcciones. Editar me parece una forma de violar los pensamientos, pero aquí, aquí vengo a eso. 

Una asistente de cabello castaño claro, pestañas largas y sonrisa fingida me señala el camino que debo tomar para llegar a la puerta que está como siempre al fondo a la derecha. Me detengo y respiro profundamente, si no les gusta mi novela probablemente me sienta devastada y no quiera escribir por mucho tiempo. Si la aceptan será probablemente el día más feliz de mi vida pero será un temor muy grande saber que mis letras llegará a tantas personas. Me parece que es una especie de transfusión mental. Mis pensamientos pasan directamente a la mente de alguien más. 
Llego con aquél hombre de panza más redonda que el planeta mismo, bigote negro carbón y una corbata suelta que probablemente si yo hubiera nacido del sexo masculino, nunca hubiera elegido.
Toma mi folder color marfil, lo abre y da una hojeada. "En unos días tendremos una respuesta, por el momento le pido que esté tranquila y nos deje el trabajo a nosotros, tenemos sus datos, espere una llamada de mi asistente por favor" 

Salgo de aquél edificio con los pulmones llenos de olor a historias, café y papel, pero esta vez siento que entre las historias también se huele la mía. Llevo una sonrisa en mi rostro pues tengo esperanza de que es el momento perfecto de realizar una transfusión de mis pensamientos a las mentes de todo aquél que quiera leerme. Me siento plena, satisfecha, porque ¿De qué trata la vida sino es de atreverse a brillar?


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