13/02/14

by - septiembre 12, 2014

Y todo estaba resumido ahí.
Una libreta pequeña en blanco, casi en blanco.
Escondido entre tanta nada estaban esas dos palabras escritas con tinta negra: TE AMO.
En mayúsculas. Como si escribirlas así les diera más firmeza, más credibilidad.
Cada letra remarcada varias veces, realmente lo sentías en ese momento, o querías que se viera con más fuerza que con una simple línea.
Y junto a la costura de la libreta estaba una flor seca.
Marchita, pero intacta. Sigue hermosa.
Sigo hojeando y encuentro más letras escondidas:

"La vida es tan sencilla que el hombre decidió complicarla y entonces se inventaron los consejos, se inventó lo que está bien y mal, se inventaron los títulos como si las personas pertenecieran a alguien: un amigo, un novio, un esposo. Como si eso fuera un candado y esa persona comprometida no pudiera vivir más. Como si estuvieras atado a algo o a alguien..."

Hay más palabras, pero esas son mías. O algún día lo fueron. Hoy sé que debo leerlas por última vez y deshacerme de ellas. Pero me quedo con los aprendizajes. Con la inteligencia detrás de tus palabras acomodadas con tanto cuidado para hacerme entender lo que pasaba por tu cabeza. Y hoy lo entiendo. Más que nunca.
Probablemente encontré esta libreta dentro de lo que yo consideraba mi zona segura y libre de ti para recordarme esas palabras, para entender el mundo de una manera distinta. Porque a veces es lo que uno necesita, una perspectiva diferente y nada más.
Decido quedarme esas hojas en blanco y escribir en ella aquellas cosas que me sorprendan día a día. Quizás cosas importante, quizás carentes de sentido. Sólo palabras. Fundir las palabras al punto de no saber cuales me pertenecen y cuales no.

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