Las princesas también escriben


Estos días he pensado mucho en lo mágico de los comienzos. 
Y no necesariamente por el hecho de que estamos empezando un nuevo año, sino porque me he puesto a analizar lo que realmente significa y lo que esto provoca en mí. 

He pensado en mis proyectos personales, en las mariposas que se sienten cuando estás a punto de tomar la decisión y decir: va, le entro. En las cosquillas que provoca ver que tu trabajo está creando frutos. 

O ese momento en el que aceptas que sientes algo por una nueva persona y como todo de pronto hace sentido y a partir de ahí no hay vuelta atrás. 

Conocer un nuevo lugar, dejarse asombrar, sentir que el mundo te pertenece y que hay tanto por recorrer. 

Aceptar un trabajo a pesar del miedo y vivir esos nervios de los primeros días, ir conociendo y acostumbrándote. 

Comenzar un nuevo semestre y no poder dormir la noche anterior por la emoción, imaginar cómo podría ser todo y si será uno fácil o no. 

Una libreta en blanco con ese olor a nuevo y lo limpio de sus hojas, con las ansias de llenarla de historias con la mejor caligrafía posible. 

Tener un nuevo departamento completamente vacío y pensar en todos los futuros recuerdos que guardarán esas paredes. 


Así que hoy más que nunca, disfruta de estos días que son nuevos y toditos para ti. 

Tú decides qué hacer con ellos y cómo tomar la vida. Atrévete a todo y durante los 365 días di sí a nuevos comienzos, aunque sea solo por sentir. 

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Este año fue totalmente mío.
Probablemente no el más fácil, pero fueron 365 días en los que me reencontré conmigo misma,
con mis sueños y volví a sonreír.
Decidí no escribir sobre aprendizajes, sino hacer una lista de lo que aprendí y experimenté... 
Hacer un recuento del año hace que te des cuenta de que todo valió la pena
y que inevitablemente, cada situación te llevó a ser quien eres hoy.

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La vida es para aprender, para sentir, para vivir...




Durante estos 365 días, entendí lo bonito de lo incontrolable. Sonreí, me enamoré de la vida (y muy fuerte), quise a otra persona, entregué todo lo que tuve hasta quedarme sin nada, viví momentos increíbles y sobretodo, cambié. Y cambié mucho.
  
Entendí que la vida no se mantiene estática, que cada día está lleno de pérdidas y oportunidades.

Si tuviera que describir este año con una palabra, sería “cambios”, y los cambios siempre vienen acompañados de aprendizajes.

Aprendí que de tocar fondo, sólo queda subir. Que la familia es la mejor red de apoyo que tenemos, que el amor no es como lo pintan, que está bien estar mal, que no importa lo que pase, la vida siempre sigue. Que querer a alguien, muchas veces no es suficiente para mantenerlo a tu lado. Que cerrar un ciclo, es simplemente la oportunidad de empezar algo nuevo, que cada día está lleno de sorpresas, que la vida es un cambio constante, que a veces es necesario soltar el pasado y mantener los brazos abiertos al futuro.

Aprendí que si algo te incomoda, tienes que dejar que te incomode. Si algo te duele, deja que te duela. Si algo te enoja, siente el enojo. No lo evites, no lo ignores. ¡Vívelo!

Algunas veces nos aferramos a creer que la vida tiene que ser como la teníamos planeada y cuando algo fuera de nuestras manos sucede y nos cambia todo, entramos en pánico. Pero entendí que la vida tiene muchos caminos diferentes y que uno nunca es suficiente. Entendí que tengo que atreverme a hacer las cosas de otra manera, que no debo tener miedo al cambio, que debo buscar mi felicidad sin importar el número de caminos que deba tomar.

Aprendí a creer en mí. En mis proyectos, en lo que me hace feliz. A dejar de sacrificar mi paz mental por tener un trabajo que no aporta nada a mi vida. A valorarme. A dejar de conformarme con menos de lo que quiero, a darme el tiempo necesario de conocerme y saber qué es lo que quiero hacer de ahora en adelante.

Entendí que era hora de ser feliz. Que cuando lleguen momentos difíciles es importante agarrarse fuerte y no soltarse. Respirar (aunque sea difícil) y dejar que pase la tormenta. Volver a estar de pie y entonces darme cuenta que cambié junto con la vida, que soy más fuerte, más grande, más guerrera.

Pienso que parte importante de crecer es darse cuenta de esto, de que vivir está lleno de cambios y sabores agridulces, que nada es para siempre (ni lo bueno, ni lo malo), que hacer planes está bien, pero el universo y sus deseos son otra cosa completamente diferente.


Aprendí que el pasado no es un lugar para vivir.

Aprendí que soy un conjunto de experiencias: alejarse de casa, viajar, tener el corazón roto, las noches en las que uno aprende a sobrellevar una tormenta solo, todo eso te cambia y te va formando. Te va haciendo tú.

Un día, una persona muy especial me dijo que la gente pasa la vida esperando encontrarse a sí mismos, pero que nadie les dijo que es imposible de lograr, que uno no es quien era dos minutos atrás y  no será el mismo el siguiente año y que estamos en cambio constante…

Aprendí que la felicidad siempre está. Cuando no puedo parar de reír junto a mis amigos, al ver a mis padres después de meses fuera de casa, al tomar un baño caliente, al recibir un cumplido o al pasar un día perfecto con la persona adecuada. No tengo que esperar nada, todos los días algo me hace feliz. Y eso es lo importante de vivir, ser feliz aunque sea un ratito todos los días.

Aprendí lo impresionante del poder que te brinda rodearte de las personas correctas y a perdonar y dejar ir a las incorrectas.

Aprendí que lo único peor que no hacer algo que queremos, es el arrepentimiento que viene después. La vida es muy corta para andar diciendo que no.

Entendí que las buenas ideas son así, no tienen horario. Nunca dejes ir la inspiración, puedes dejar ir la mejor idea de todas.

Aprendí que el amor algunas veces viene en frases tan sencillas como un “cuídate, por favor”, “te extrañé”, o simplemente en no tener ganas de despedirse nunca.

Aprendí que en un beso robado puede haber más amor que un montón de tardes juntos. Que si alguien te quiere, te busca. Sin excusas.
Aprendí que hay amores que deben durar poco para hacerse infinitos. Que algunas personas llegan únicamente a prepararnos para la siguiente.

Aprendí que soy suficiente, que soy guapa, que soy o seré el motivo de insomnio de alguien. Que si en algún momento no siento ser suficiente, estoy en el lugar equivocado, nada más.

Aprendí a no tener miedo al amor, a seguir amando sin pensar en las consecuencias, a no exigir que me quieran a cambio. Entendí que el amor no se trata de eso. Aprendí a amar, amar en silencio, en voz bajita o amar a gritos, pero sobretodo aprendí a amarme más a mí. Y entonces, no estaré amando a la persona equivocada.

Aprendí a entregarme, a romperme y a volverme a levantar. Aprendí que pierde más el que no lo intenta que quien inventa ideas nuevas cada día para demostrar lo mucho que ama a alguien.

Aprendí a no confundir el amor, a dejar de conformarme, dejé de creer que algo estaba mal conmigo.

Aprendí que las personas sí te cambian, que llegan a tu vida, giran tu mundo de cabeza y después se van. Y así como si nada, dejan estragos en ti. Pero también aprendí a no convertirme en quien me hirió.


Aprendí a seguir amando la vida y entonces, dejar que la vida me haga sonreír.

Es por eso que en este nuevo año estoy lista para dejar pasar las cosas buenas.

Bienvenidas sean las alegrías, los viajes, las risas que hacen doler el estómago. Los abrazos sinceros, las llamadas a media noche, los buenos libros y las canciones pegajosas.

Bienvenidas las personas que siempre tienen algo que contar, las comidas con amigos, las pláticas en la azotea. La copa de vino después de un día largo, los mensajes de texto en las mañanas, las fotos espontáneas.

Bienvenido sea el amor, los besos robados, las miradas reveladoras, las cartas y las sonrisas. Las tardes bajo el sol, la voces de mi gente cantando en carretera.

Bienvenidas sean mis ganas de dejarme sorprender todos los días, mis ganas de reír y de bailar. Bienvenido sea el trabajo perfecto, las caídas y volverme a levantar.  

Bienvenidas sean las nuevas vidas que he de tocar, las palabras correctas, el dolor inevitable del que he de aprender, los nuevos lugares por descubrir.

Bienvenidas mis ganas de amarme, de ser feliz, de darlo todo. Bienvenidas mis ganas de vivir y sonreír.

¡¡Bienvenido, 2017!!




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Soy Ana, tengo 30 años y la vida cada día se pone más buena. Me encanta escribir y estoy a punto de convertirme en mamá.

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