Las princesas también escriben

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Tú nunca supiste querer.
Todavía no sabes, pero no quiero decírtelo en voz alta
y que pienses que aún me importa.
Nunca supiste querer y me dejaste creer que era yo la que
no sabía hacer que alguien me quisiera.
Recibiste mis besos, mis llamadas, mis abrazos y mis letras.
Eso es lo que más me duele.
Me dejaste escribirlas, las tomaste y las guardaste en un cajón para ti.
Y ahí van a quedar eternas, dejando en tinta y papel el amor que me
permitiste sentir a pesar de que tú nunca supiste querer.


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El otro día leí una frase que hablaba sobre ser dueño de nuestras experiencias y convertirlas en historias. Y es que, por ejemplo:  

Yo necesito vivir para poder escribir. Y viceversa. 
Por eso me encanta observar, aprender y siempre tengo urgencia de contarlo todo.

Cuando tenía 12 años, recuerdo que me hicieron escribir en mi "proyecto de vida" lo que quería ser de grande. Yo, muy decidida desde entonces, dije que quería ser escritora, viajar por el mundo y enseñarle a las personas lo que veía a través de mis ojos. (Ojalá tuviera el engargolado en mis manos para poder citarlo textualmente, pero es lo más parecido)...

Y bueno, creo que más que contarles lo que veo a través de mis ojos, me dedico a escribir sobre lo que siento a través de mi corazón. Y en cierta parte, creo que es más bonito o al menos más personal. Aunque siempre trato de escribir todo lo que pasa por mi mente, pero hay que ser sinceros, siempre me gana esa parte cursi que tanto me caracteriza.

A lo que quiero llegar, es que a mí siempre me da miedo cuando empiezo a vivir una nueva historia con alguien y comienzo a sentir la necesidad de escribir sobre eso... Mi miedo se basa en la confusión entre hacer público lo que siento o no, entre si la persona con la que estoy se va a sentir exhibida o no, o incluso si van a creer que estoy con ellos como parte de mi investigación. (si, llega a pasar)

Lamentablemente, ese miedo me ha hecho perder escritos o haber dejado muchas historias en borradores (literalmente).... 

Pero hoy quiero hacer la promesa conmigo misma y con ustedes, mis queridos lectores, de no volver a dejar historias sin publicar. Siempre he dicho que cuando alguien llega a mi vida, tiene que saber lo más pronto posible que tengo un blog, que escribo lo que siento y que si tiene un lugar importante en mi vida, eventualmente tendrá unos cuantos párrafos en este espacio online. (Y si tiene un impacto aún mayor, posiblemente hasta publique una edición impresa)..

Así que, si me estás leyendo y eres una de las personas sobre las que he escrito. Gracias por darme motivos para escribir. No importa si es un texto triste, feliz, romántico o lleno de ilusiones, gracias por darme esos momentos que me llevaron a transformarlos en infinitos por medio de letras. 

Y si eres una persona nueva en mi vida y te hice entrar a leer esto como aviso de prevención... Espero que no tengas miedo de seguir a mi lado y saber que posiblemente nuestras promesas, conversaciones o noches, queden plasmadas aquí.  

Vive conmigo, regálame historias que pueda escribir.




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He descubierto que soy una amante de los recuerdos.


Me cuesta bastante poder borrar las primeras fotos de mi instagram, por ejemplo. Igual nunca lo haga, pero ¿qué tal is un día me da un antojo de volver atrás y revivir todo desde un principio? 

Cuando estoy de viaje o estoy viviendo un momento especial, abro los ojos bien grandes y me quedo callada para poder abrazar con la mente cada detalle. Que si la iluminación, la temperatura, las miradas y las arrugas que se forman por reírse a carcajadas. Lo bonito, pues. Todo. Y entonces me trato de aferrar a eso, porque así soy: me da miedo olvidar.
Luego me entra la duda, ¿qué tan malo puede ser dejar ir? No sé si envidiar a aquellos que borran recuerdos sin que les pese poquito. A la mejor de eso se trata todo, de no traer nada encima y sólo mirar hacia enfrente. Hacia lo desconocido. O de nuevo, hacia lo bonito.

Pero por más que intento que no, mis ganas por recordar siempre están ahí. Y mi obsesión por coleccionar momentos, por el contrario, parece no tener ganas de irse.

Entonces pienso que igual y cuando esté canosa de algo sirve mi terquedad.



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Aún recuerdo esa llamada.
Yo estaba sentada en las escaleras, esas escaleras metálicas ya un poco oxidadas por tantas lluvias que las han mojado, lo que no sé es si alguien antes se había sentado ahí de madrugada, contemplando la luna, las estrellas, las luces de los departamentos de a lado y la azotea olvidada de los vecinos, mientras sostenía el teléfono en sus manos.
Recuerdo muy bien esa noche, tu voz, la mía, el modo en que intentábamos disculparnos por todos los errores cometidos, recuerdo perfectamente como mi silencio esperaba escuchar una señal de que no era mentira, de que aún me querías. Tus silencios aguardaban por mi voz, querías escaparte de ti, querías envolverte de mi.
Nuestras risas jugaban a entendernos, intentaban no perder esa conexión que algún día tuvimos, que yo ya no sabía si alguna vez había sido real, que tú ya no sabías si la habías creado demasiado real.
La gente normal dormía, o quizás bailaba, hacía el amor, lloraba sobre su almohada, ó luchaba contra el insomnio, nosotros hablábamos, era una madrugada nuestra, como otras tantas que ya teníamos, que por más que pasara el tiempo y fingiéramos olvidarnos, quedarían intactas, madrugadas tuyas, mías, de nosotros.
Al escuchar tu voz a través del teléfono podía sentir tus caricias, esas caricias falsas que alguna vez se sintieron tan verdaderas, que me hacían sentir viva. Pero esas noches las guardo en mi memoria, el único lugar donde puedo tenerlas siempre.
Pero volviendo a la llamada, esa que tuvo tan larga duración, que nos hizo compartir tantos secretos, no sé que tienen las noches que te hacen decir verdades, y así fuimos víctimas de ella.
Hablabas, me contabas tus sueños, tus miedos, todo era más fácil ahora. Yo te contaba los míos, nos hacíamos cómplices a pesar del pasado, a pesar de las mentiras, a pesar de las coartadas.
Llego el momento de colgar, nos dimos las buenas noches, y sonreímos. Escuché tu sonrisa, escuchaste la mía. Sabíamos que no volvería a existir un momento igual. Lo saboreamos y lo terminamos.
Y hoy me acuerdo de esa llamada, de esa noche, de esas estrellas y de ese viento que se hacía parte de un recuerdo. Ese recuerdo que guardaré en mi memoria, igual que aquellas noches nuestras.


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ANA GARCÍA

ANA GARCÍA
Soy Ana, tengo 30 años y la vida cada día se pone más buena. Me encanta escribir y estoy a punto de convertirme en mamá.

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