Algunas veces me dan ganas de tomar el teléfono, buscar entre mis contactos y llamar a ese ex de tantos años. Hay días incluso en que sí lo hago.. ¿Por qué?.. Supongo que porque quiero sentir de nuevo esa sensación de que alguien que realmente me conoce me está escuchando o porque me gusta pensar que las cosas pueden ser como antes aunque sea por unos minutos... Porque el pasado, tan horrible o hermoso como haya sido, a final de cuentas... es un lugar conocido.
Camino de prisa intentando no mirar.
Los recuerdos siempre están en esos detalles que no vemos diariamente, pero un día, cuando te rompen el corazón, lo único que está a la vista es justamente eso.
Esas líneas en el cemento que jugabas a no pisar. La minúscula ventana por la que un día te asomaste para hacerme sonreír. La banca de piedra en la que me dijiste que habías sido un pendejo por haberte ido de mi lado y estar con alguien más.
Mi intención nunca fue remplazarte, ni olvidarte, menos insultarte.
Nunca hice las cosas para salir de tus brazos y correr a otros ajenos a ti. Pareciera que no me conocías, pues imaginaste todo, y me juzgaste fácil.
No espero que me entiendas ni mucho menos entenderte.
Me pareces un recuerdo, pero gracias a ti, uno lejano ya. De esos que a pesar de volver cada día, siempre son más cortos, y menos dolorosos. Seguro pronto dejas de llegar.
Y es que lo triste es cuando dejo que sienta el corazón, pero lo regaño y todo vuelve a la normalidad.
Aprendí que el amor no es más que un juego, que se pierde o se gana, pero que vale la pena intentarlo.
Me encontré también con la sorpresa de que es cierto que dos personas que se amaron tanto, pueden llegar a ser extraños. Y peor aún, que posiblmente siempre lo fueron.
No recuerdo cuál fue el último beso, pero cuando trato de imaginarlo, hago memoria de mis favoritos.
Y de aquellas calles, y de aquellos sueños. Y de lo poco que nos entendíamos y de la frialdad de tus ojos ese día. Ya no me mirabas, no estoy segura si no podías, o si era tanta tu indiferencia que no querías.
No soy capáz de recordar tu mano sobre la mía, pero tampoco hago el intento por sentirlo de nuevo.
La vida se trata de tomar decisiones. Siempre. Todo el tiempo estamos tomándolas. ¿Izquierda o derecha? ¿Escaleras o elevador? ¿Chocolate o vainilla? ¿Lo olvido o no?
Y es que por más mínima que sea esta decisión, la elección que hacemos cambia el rumbo de nuestra vida. ¿Qué hubiera sido de nosotros si aquél día no hubieramos entrado por aquella puerta? ¿Si no la hubieras saludado? ¿si no le hubieras dicho lo que sentías? Hubiera, hubiera, hubiera... Los hubieras no son más que lo contrario a nuestras decisiones, son la vida que llevaríamos si no hubiéramos elegido esta.
Si, estamos acostumbrados a tomar decisiones todo el día, todos los días. Pero ¿qué hay de aquellas grandes decisiones? ¿Cómo saber qué hiciste lo correcto? ¿Cómo enfrentarte al monstruo del hubiera que parece nunca desaparecer?
A veces quisiera encontrar la respuesta a todas estas preguntas, pero supongo que la única manera de hacerlo, es decidiendo. Y entonces se convierte en un círculo vicioso de preguntas y respuestas, de decisiones y de hubieras. De monstruos y recuerdos, correctos e incorrectos.
Decidir va más allá de decir si o no, de querer o no querer, de aceptar o rechazar. Decidir no debe ser impulsivo, debe pensarse e imaginarse las dos vidas paralelas, para imaginar cuál se prefiere.
Pero cuando uno decide, y después empieza a dudar. ¿Se puede decidir olvidar la decisión pasada?

