Las princesas también escriben



Con el tiempo he aprendido a disfrutar las cosas " a pesar de" o borrándole los peros.
En mi trabajo, por ejemplo, no todos los días tengo cosas qué hacer, al principio los días se me hacían aburridos y eternos, pero sobre todo, me sentía culpable de lo que significaba estar aquí sin realmente estar haciendo algo productivo. Estaba tan acostumbrada a mi trabajo anterior en el que siempre estaba ocupada y estresada, que cuando sentí esta libertad, la culpabilidad se convirtió en ansiedad y no lograba disfrutar mis días.
En mi relación, no podía dejar de sentir miedo de que las cosas no se dieran, que terminaran algún día o que me volvieran a hacer daño. Me podía demasiado ese sentimiento de preocupación, tanto que al principio me costó mucho entregarme por completo y decir: va, le entro.
En la intimidad, mi cuerpo algunas veces podía ser una barrera que no me permitía sentir, vivía preocupada por lo mal que podía verse, por el ángulo incorrecto o los rollos de más en mi estómago, haciendo que el momento se me fuera en eso y nada más.
Hoy mientras caminaba, me di cuenta que estoy tranquila en mi trabajo. Sí, algunos días todavía me aburro, pero suelo utilizarlos para hacer mis cosas, escribir, dibujar, crear... Dejé de tener miedo en mi relación y no he vuelto a sentir preocupación de que pueda terminar. Y no, no significa que no pueda pasar, pero sé que si acaba, habré disfrutado de este amor como no lo había hecho con nadie más y sobre todo, habré entendido qué es lo que merezco y nunca más me conformaría con menos.
Por último, en el tema de mi cuerpo, no es algo que se acepte de la noche a la mañana, sin embargo, ya no permito que sea un tema que me evite sentir y disfrutar. Al contrario, ahora le agradezco a mi cuerpo que me perimta ser y estar.
Entonces, creo que lo que quiero decir, es que no importa que las situaciones no siempre sean perfectas, a veces hay que aprender a disfrutar a pesar de y ver qué pasa en el proceso, ¿no?
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Recuerdo cuando tenía veinte y me parecía que la vida era un camino largo, incierto y peligroso por recorrer. Sentía que tenía que cumplir con expectativas muy altas que yo misma me había impuesto:

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Soy fiel creyente de que todas las personas que se cruzan por nuestro camino, lo hacen para dejarnos una lección. Lo que no comprendo todavía es por qué aprender tiene que doler tanto. 

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Algunas veces me dan ganas de tomar el teléfono, buscar entre mis contactos y llamar a ese ex de tantos años. Hay días incluso en que sí lo hago..  ¿Por qué?.. Supongo que porque quiero sentir de nuevo esa sensación de que alguien que realmente me conoce me está escuchando o porque me gusta pensar que las cosas pueden ser como antes aunque sea por unos minutos... Porque el pasado, tan horrible o hermoso como haya sido, a final de cuentas... es un lugar conocido. 
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Siempre hay algo que te cambia de repente.
Un beso, una canción, despedirte, tomar un avión... 
Y así, nada más, en cuanto lo haces eres como una persona nueva. 

Estos días.. 

Dejé el viento despeinarme, reí entre las olas hasta no poder más, observé el sol en tu piel y las estrellas en el cielo.
Canté letras que desconocía, grité a la nada, dejé la espuma del mar borrar mis huellas, tomé hasta verte bonito y sin miedo. 

Sentí el fuego en mis hombros, respiré la libertad, sonreí al verte despertar cerca de mí, probé tu comida y jugué a la despreocupación. Te invité a pasar a mi vida un ratito y escuché tu canción favorita al manejar.

Dejé a la arena calentar mis pies, suspiré al escucharte reír, lloré al dejar mi cuerpo sentir lo que quería sentir, viví con la piel arrugadita de tanto mar y morena de tanto sol.

Bailé mañana, tarde y noche, descalcé mis pies por tres días, probé lo que la naturaleza me regalaba entre sus ramas con chilito, limón y sal. 

Disfruté mis veinticinco como si hubiera cumplido tres. 
Todo nuevo.
Todo mío.
Y ahora me siento nueva.



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Despierto y me siento diferente.
Me veo al espejo y no tengo 18.
Mi cabello es corto y mis ojos lucen distintos.
¿Será cierto que los recuerdos se acumulan en la mirada?
Respiro.




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La vida juega sucio.
No buscaba nada.
Sonreíste.
Sonreí.
Llegué tarde. 
Llegaste antes.

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Me gustan las tardes que huelen a verano.
La luz a las cinco de la tarde. Tan dorada, tan pura que me hace creer que limpia todo lo que toca.

Me gusta el segundo trago de café, siempre pago por el segundo trago de café, en él está todo el sabor de una taza entera.

Me gusta la sonrisa que pinta tu boca al sentir mis dedos descifrar tu rostro.
El olor de un horno trabajando, transformando harina en un manjar.

Me gusta el libro que no me permite alejarme, que me atrapa, me enamora y me cela desde sus primeras páginas.

Me gusta como luce el cabello al segundo día de lavarlo. Nunca al primero, nunca al tercero.
Mirar por la ventanilla de un avión, sentirme grande al estar tan alto, tan pequeña al ver todo hacia abajo.

Me gusta la media luz de los bares modernos, las hileras de focos ocre, esa luz cálida que hace las facciones más bonitas.

Me gusta la cerveza tan fría que al primer trago sientas que la habías necesitado todo el día.
Los besos en la frente, tibios y lentos.

Me gustan las rosas rosas, femeninas y libres de obligación. Tan alejadas de pedir perdón, oportunidades o arrepentimientos. Tan llenas de amor.

Me gusta la noche en que el invierno deja de sentirse y la primavera entra por al ventana, abriendo paso, rozando mi piel.
Cuando el ventilador es necesario, pero a media noche busco una cobija o unos brazos.

Me gusta ver a la gente sentir: sonreír, llorar, amar. 
Cantar canciones que hablan del amor en su máxima expresión sin vergüenza alguna.

Me gusta escuchar los corazones latir, es como entender la vida por segundos.
Dormir abrazada y sentirme protegida. 

Me gustan las madrugadas en las que sin importar el sueño, me obligan a levantarme y escribir. 
Las mañanas frescas, los suéteres suaves, los pies descalzos. 

Me gustan las tardes que huelen a verano. 



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Tengo un lienzo en blanco frente a mí. 
Algunas veces le temo a la nada. Al silencio. A la ausencia de tinta en el papel. A lo incierto del futuro. A veces le temo a la nada. 

Pero no hoy.

Hoy estoy aquí con ganas de llenar espacios. De romper silencios. De acabarme la tinta en letras, letras que expliquen lo que hay en mi mente a los veintitrés. 

Quisiera que tener ganas de llenar espacios fuera suficiente para hacerlo. Bebo un trago de café y vuelvo a pensar...

¿Qué es lo que pasa por mi cabeza? ¿Qué puedo contar sin parecer una loca? Que aunque lo soy, no estaría de más aparentar. 

Es un domingo por la tarde, he pasado la mañana entera durmiendo, imaginando entre sueños lo que podría ser de ese amor fugaz que nunca llegará a concretarse. 

Cuando menos lo espero, estoy creando nuevos proyectos. La inspiración me llega siempre en los momentos menos adecuados. Cuando estoy llena de shampoo, por ejemplo. Antes solía tener ganas de salir corriendo para anotar mis ideas, con el paso del tiempo aprendí que era imposible, ahora sólo dejo que el agua caliente queme mis hombros y me lleve a seguir pensando. Las mejores ideas han surgido ahí o en el autobús, rodeada de personas, sin tinta o papel. Y  dejo que lleguen, las saboreo, las imagino, muchas veces las abandono ahí, en el camino hacia algún lugar. 

Tengo ganas de enamorarme. De ser correspondida. Pero un amor de verdad. Estoy harta de crear historias en mi cabeza y desilusionarme al darme cuenta que la protagonista no soy yo. Duele. Pero estoy harta, he dicho. Estoy lista para el amor, para una historia de las que no pueden ser contadas porque nadie las creería. Un amor que involucre domingos por la mañana con café, madrugadas llenas de sueños compartidos, risas incontrolables en funerales o juntas corporativas, mensajes de texto sucios a la hora del trabajo, películas basura que se interrumpen por los besos. Un amor que no me entienda, pero no busque cambiarme. Un amor que me acomode.

Pienso en vivir aquí o allá, cruzando el mar. Pienso en la ciudad, en los colores, en los cafés, en la música, en las letras que podrían nacer desde aquél lado. Pienso en mi vida aquí. Pienso en que naada me detiene, que podría hacer lo que me pegue la gana, y entonces, me da un poco de miedo la libertad. Pero un miedo desafiante. Me da ganas. Me da vida. Me da escalofríos. 

Me gusta sonreír. Sonreírle a la vida, al señor que vende rosas en la esquina, a mis sueños y hasta a mis miedos. Me gusta sonreír. Me gusta cantar. 

Algunas veces le temo a la nada. Al silencio. A la ausencia de tinta en el papel. A lo incierto del futuro. A veces le temo a la nada. 

Pero no hoy.


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La vida sigue.

Siempre. Así pase lo peor o lo mejor, siempre sigue. Y es por eso que los momentos deben durar poco. 
Si son buenos nos demuestran que tenemos que aprovechar cada segundo y si son malos, nos recuerdan que nada dura para siempre y todo pasa.



 Porque así de simple, la vida sigue.


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Hoy es uno de esos días en los que despierto y tengo las letras en mi garganta, que sólo paso las horas pensando en cómo acomodarlas para que el mundo pueda entender lo que pasa por mi mente.

Hoy es uno de esos días en los que siento cerca a los que están lejos. En los que una fotografía puede calmar poquito mi alma.

Hoy es uno de esos días en los que imaginar todo lo que podría estar viviendo me hace llenarme de ganas de salir corriendo a vivirlas.

Hoy es uno de esos días en los que me siento cansada de las miradas críticas que recibo todos los días. De que todos quieran decidir por mí o se crean listos para juzgarme.

Hoy es uno de esos días en que el mundo me parece grande. Que pensar en estar del otro lado me parece imposible, sabiendo que no lo es.

Hoy es uno de esos días en que sueño con encontrar el amor. Ese amor que anhelo, ese del que escribo todos los días. 

Hoy es uno de esos días en que nada es suficiente.Porque quiero todo. 

Hoy es uno  de esos días en los que ninguna canción habla de mí.

Hoy es uno de esos días en que sólo tengo ganas de ser feliz. De no pensar en nada. De hacer lo que me plazca  y nada más. 
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Cuando te das cuenta que la vida sigue, es como un golpe en seco. Una extraña combinación entre esperanza, felicidad y un poco de inseguridad al dejar ir la tristeza por completo. Sigues vivo. Lo lograste. ¿Y ahora qué? Sabías que estar triste era devastador, pero hasta cierto punto cómodo. Mostrar apatía ante la vida se estaba volviendo una costumbre, algo así como mientras llegaba lo peor.
Y resulta que nunca llegó. Que de repente todo fue mejorando, y en un abrir de ojos, todo había pasado. Ese huracán que parecía interminable, dejó una calma tremenda dentro de tu ser. Y estás inseguro. Sabes que seguir adelante puede ser un paso en falso, así que lo tomas con cautela. Después de todo, pasar tantos meses creyendo que las cosas no podrían ir bien, ver todo tan positivo resulta difícil. 
Pero no es así. Los días pasan y la inestabilidad se va convirtiendo en firmeza. Minuto a minuto te vas dando cuenta que comienzas a creer de nuevo en la vida, y en las oportunidades. Y ahora parece lejano cuando todo esto te parecía imposible. Llega el momento en que ni siquiera recuerdas haber perdido la fe. Y es ahí cuando te das cuenta que no se pierde. Que sólo baja la llama, como para cuidarse y no extinguirse. Y la volteas a ver y está más prendida que nunca. Entonces te das cuenta, que la vida sigue, y seguirá incluso después de ti.


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ANA GARCÍA

ANA GARCÍA
Soy Ana, tengo 30 años y la vida cada día se pone más buena. Me encanta escribir y estoy a punto de convertirme en mamá.

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