Las luces de mi habitación están encendidas, recorro la cortina y no alcanzo a percibir más allá de mi reflejo sobre la ventana. Afuera está oscuro, los vecinos duermen. Son las tres cuarenta y cinco de la mañana y como de costumbre, mi mente está ocupada pensando en todo eso que quiero escribir pero sin encontrar el orden.
"¿Puedes recordar lo que se siente el vértigo? El miedo a
caer y perderlo todo. No estar preparado para morir. La falta de aire y
el hueco en el estómago. El aumento de la velocidad en la respiración.
Cundo inhalar deja de ser relajante y se convierte en cuchilladas. El
sudor tornándose frío. Perder el control. Tu cuerpo tiembla, tus piernas
se sacuden tan de prisa que en cualquier instante puedes caer. No hay
vuelta atrás. Ya no eres tú, el miedo se apodera de ti y dejas de
pensar. Das un último respiro, una última herida en los pulmones y
entonces caes. Así, así es el amor. "
Tú nunca supiste querer.
Todavía no sabes, pero no quiero decírtelo en voz alta
y que pienses que aún me importa.
Nunca supiste querer y me dejaste creer que era yo la que
no sabía hacer que alguien me quisiera.
Recibiste mis besos, mis llamadas, mis abrazos y mis letras.
Eso es lo que más me duele.
Me dejaste escribirlas, las tomaste y las guardaste en un cajón para ti.
Y ahí van a quedar eternas, dejando en tinta y papel el amor que me
permitiste sentir a pesar de que tú nunca supiste querer.
Llega el martes y con él mi emoción por escribir la columna. Leo las sugerencias que me dejaron en los comentarios y elijo la primera que recibí, no sé si precisamente por eso de haber sido el primer comentario o porque realmente es un tema con el que me siento muy identificada: "El amor no correspondido"
Camino de prisa intentando no mirar.
Los recuerdos siempre están en esos detalles que no vemos diariamente, pero un día, cuando te rompen el corazón, lo único que está a la vista es justamente eso. Esas líneas en el cemento que jugabas a no pisar. La minúscula ventana por la que un día te asomaste para hacerme sonreír. La banca de piedra en la que me dijiste que habías sido un pendejo por haberte ido de mi lado y estar con alguien más.
Últimamente mi vida ha dado un giro de casi 180 grados.
En esta columna, pienso ser tan sincera que van a terminar sintiendo que me conocen mejor que nadie. Y no es que no haya sido sincera antes, simplemente, decidí que quiero un espacio en el que pueda sentirlos más cerquita, que hablemos más en confianza y que por fin, podamos conocernos unos a otros aunque sea a través de lo que sentimos. Suena cool, ¿no?...
Siempre supe que él no era para mí. Uno siempre lo sabe, desde el principio. Pero a mí me gustaba creer que mis ganas de querer, podrían vencer al destino.
Me encantaba engañarme y soñar. Soñar despierta, soñar dormida, soñar en clase y en el trabajo.
Creí que necesitaba encontrar alguien que sanara mis heridas y le dejé la responsabilidad a alguien no quería estar conmigo.
La primera vez que fue cruel conmigo, supe que él no era para mí. Pero después sonrió, volvió a escribirme y entonces, caí de nuevo. Tardé mucho en entender que me hablaba únicamente porque odiaba encontrarse cara a cara con la soledad. Me gustaba imaginar que le gustaba mantener una conversación conmigo.
El día que lo escuché hablar de ella, comprendí de golpe, que él no era para mí, pero luego me abrazó y mi dolor desvaneció hasta que olvidé que existía alguien más en su corazón.
Así pasaba los días, jugando el juego de la confusión. Dejé que mis sentimientos se subieran a una montaña rusa de la que no había manera de bajar ileso. Subí y bajé tantas veces que llegué a perder la cordura. Siempre supe que él no era para mí, pero la adrenalina que sentía al subir, no tenía comparación.
Y es que sí, uno siempre lo sabe, desde el principio. Pero a veces, la soledad nos obliga a creer en algo inexistente. Cada día, al entregarme a él, a pesar de saberlo ajeno a mí, lo único que hacía era huir de la soledad, lanzándome al vacío del desamor, rompiéndome yo misma el corazón.
Tú estarías escribiendo sobre mí y yo bebería sin piedad, esperando besar un cuerpo perfecto que jamás volveré a ver y que sólo mi calentura de hoy quiere tocar.
Viviría en el presente y tú recordarías el pasado constantemente.
Si las cosas hubieran sido diferentes, el día en que me robaste un beso, hubieran sido dos.
Habrías entendido que eras la única persona que necesitaba a mi lado, la noche en que grité que eras la última a la que quería ver.
Estarías lejos de mí, no yo lejos de ti.
Pasaría las noches inventando piropos nuevos mientras tú repasas nuestra historia.
Te acercarías mientras yo me alejaría.
Habrías puesto pausa antes de permitir que esta historia terminara.
Si las cosas hubieran sido diferentes, hubiera sido tuya. Habrías sido mío.
Cinco minutos se convirtieron en una
eternidad. Desde el día que te fuiste, ha sido la libertad más grande de
ti que he logrado sentir.
El otro día te olvidé.
Bailé
a su lado seis canciones. Lo miré a los ojos e intenté encontrarme,
justo como lo hacía con los tuyos. No funcionó, pero no dejé de bailar.
Esperaba que en algún momento sus brazos lograran hacerme sentir como tú
lo hacías.
El otro día te olvidé.
Pasé el día
entero con la mirada en la pantalla. El trabajo me absorbía de manera
inhumana y yo lo disfrutaba. Me hacía olvidarte. Me hacía ocuparme. No
es lo mismo, pero parecido.
El otro día te olvidé.
No lloré en toda la noche. Desperté sintiendo que merecía
un trofeo. El otro día te olvidé. Dormía, pero te olvidé.
El otro día te olvidé.
Durante el semáforo en rojo no pensé en tus besos. Me limité a cambiar la estación del radio y seguir conduciendo después. Fue un segundo, pero te olvidé.
El otro día te olvidé.
Pasaron 24 horas y no esperé un mensaje tuyo. No estuve con nadie más. El trabajo fue ligero. Dormí sin preocupación y manejé sin pensarte en luces rojas. El otro día de verdad te olvidé.
Hoy me siento bien. Estoy bien. Pero no siempre ha sido así.
Y es que justo como lo escribí en uno de mis textos, "para dejar de sentir, primero hay que sentir".
Es por eso que entiendo que está bien estar mal.
Vivimos presionados por sentirnos bien y estar al 100% frente a todos. Nos da miedo mostrar debilidad o vulnerabilidad.
Con el tiempo (y con caídas) he aprendido que estar mal es parte del proceso que nos lleva a estar bien, que aunque suene loco, estar mal es una buena señal.
A veces, es incluso vergonzoso admitir que algo nos tiene abrumados, creemos que nuestros males no son "suficientes" como para hacernos sentir mal. ¡Y lo son! No necesariamente tenemos que estar pasando por la peor desgracia en el mundo para no estar bien. Todo lo que nos afecta emocionalmente, es lo suficientemente grande e importante.
Si algo te incomoda, deja que te incomode. Si algo te duele, deja que te duela. Si algo te enoja, siente el enojo. No lo evites, no lo ignores. ¡Vívelo! Respeta tus sentimientos, entiéndelos, siéntelos y entonces, después podrás dejarlos ir.
Lo bueno de estar mal, es que tocar fondo es saber que no queda más opción que volver a subir, volver a estar bien.
La vida es para eso. Para aprender, para sentir, para vivir.
Hoy me siento bien. Estoy bien. Pero no siempre ha sido así ni será así.